Opinión · Editorial de Ojovolador. Este artículo expresa la posición editorial de Ojovolador.

El parapente en Son Verí, Mallorca, España, vuelve a estar en el punto de mira de un puñado de vecinos de primera línea de costa. Desde Ojovolador lo tenemos claro: el cielo sobre el acantilado no tiene dueño.
Mucho antes de que el hormigón colonizara la primera línea del acantilado entre Son Verí Nou y Cala Blava, antes de las piscinas infinitas y los ventanales con vistas panorámicas a la bahía de Palma, el viento marino ya chocaba contra esa pared de piedra caliza. Y allí, aprovechando la ascendencia dinámica pura y limpia, ya flotaban velas sin motor.
Hoy, ese mismo relieve se ha convertido en el enésimo escenario donde el privilegio urbanístico pretende privatizar hasta las corrientes ascendentes.
La paradoja de la gaviota y el parapente
La queja recurrente roza el absurdo aeronáutico: vecinos molestos porque un parapente pasa a escasos metros del borde costero. Conviene recordarles la física más elemental del vuelo de ladera: una aeronave sin motor no se sostiene por capricho ni por afán de fisgonear en un jardín; se sostiene porque la masa de aire marítimo se ve obligada a remontar el corte del acantilado. Si te apartas de la zona de compresión, te vas al agua; si te adentras demasiado, entras en el sotavento.
El piloto no busca la intimidad de nadie. Con ambas manos sujetando los frenos, sintiendo la presión interna del perfil, leyendo la tensión de los cordinos y anticipando el recorrido, lo último que cabe en su cabeza es mirar qué marca de toalla han dejado junto a la piscina.
¿Cuál es el siguiente paso en las denuncias a Capitanía, Costas y AESA? ¿Exigir una orden de alejamiento contra las gaviotas por violar la «servidumbre» visual de la terraza? La naturaleza vuela donde el viento sopla, y el vuelo libre hace exactamente lo mismo.

Parapente en Son Verí: la mayoría que contempla frente a la minoría que litiga
Basta acercarse al paseo de Son Verí un día de brisa establecida para constatar la realidad a pie de ladera. Decenas de paseantes, familias y residentes locales se detienen fascinados ante el espectáculo silencioso de los parapentes suspendidos contra el atardecer balear. Para la gran mayoría, el parapente no es una molestia, sino un valor añadido al paisaje: tela, viento y mar en perfecta armonía.
El conflicto surge, invariablemente, cuando un minúsculo puñado de propietarios con agenda de contactos y teléfono directo con ciertas redacciones decide que su metro cuadrado de parcela incluye la soberanía del espacio aéreo circundante. Mueven palancas, redactan quejas alarmistas y alimentan titulares sesgados para convertir un deporte noble y ecológico en un problema de orden público.
Es lo que se ha visto con el reciente reportaje de TV3 sobre el vuelo en la zona. César Canudas, piloto deportivo residente en Mallorca que lidera la defensa de los derechos de los parapentistas en este conflicto, ha respondido con una réplica en Instagram que recomendamos ver.
Resulta irónico que en un país como España —referente indiscutible y potencia mundial en parapente y paramotor, cuna de campeones del mundo y de una industria pionera del vuelo libre— se pretenda criminalizar una de las formas más respetuosas de interactuar con el entorno natural. No es la primera vez: ya lo vimos con las acusaciones sin pruebas sobre el alimoche y los parapentes.
Marco técnico y legal: la realidad frente al alarmismo
- Soberanía del espacio aéreo: los ayuntamientos y las comunidades de propietarios carecen de competencias sobre la navegación aérea. La regulación del espacio aéreo corresponde al Estado, a través de la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (AESA) y del Reglamento europeo de normas del aire (SERA). El aire no admite lindes catastrales ni servidumbres privadas.
- Dominio Público Marítimo-Terrestre (DPMT): los acantilados y franjas costeras son bienes de uso público destinados al disfrute común de la ciudadanía, no extensiones privadas de las fincas colindantes.
- Huella acústica y ambiental cero: el parapente es una aeronave de vuelo libre sin motor. No genera emisiones contaminantes ni decibelios; el único sonido en el aire es la fricción aerodinámica del viento relativo contra el extradós y el suspentaje.
- Física del vuelo en ladera: la proximidad a la orografía es consustancial al vuelo dinámico para mantenerse en la banda de sustentación laminar provocada por el relieve. No obedece a conductas temerarias ni a invasión deliberada de la privacidad.
- Carga de pilotaje: a baja cota y en dinámica de acantilado, el 100% de la atención del piloto está absorbida por la velocidad aire, el control del cabeceo y alabeo, y la separación respecto al tráfico y el relieve. El contacto visual con el interior de las viviendas es inexistente en la práctica de pilotaje activo.
- Vía de resolución: la convivencia no se resuelve con prohibiciones desproporcionadas, sino mediante acuerdos locales de autorregulación: delimitación clara de despegues, pasillos de alejamiento hacia el mar y gestión ordenada del estacionamiento en tierra.
Dejen de llamar al Seprona y prueben a despegar

El espacio aéreo no tiene cancelas, ni la costa admite vallados invisibles en el cielo. El litoral es dominio público, y el aire sobre el mar es de todos.
A quienes dedican tantas tardes a redactar instancias municipales e intentar coartar la libertad del vuelo, desde Ojovolador les hacemos una sugerencia constructiva: dejen a un lado el rencor, guarden el teléfono del abogado y acérquense al despegue. Pónganse una silla, abran los ojos sin prejuicios o, mejor aún, engánchense a un biplaza para entender qué ocurre realmente al otro lado del borde de fuga.
Quizá al sentir en la cara la misma brisa que los sostiene entiendan, de una vez por todas, que la belleza no se encierra en una escritura notarial.
Reflexión final: respeto y convivencia
Conviene dejar algo claro para que nadie lea este artículo como una declaración de guerra: aquí hablamos de respeto y convivencia. El cielo es de todos, pero en tierra también hay vecinos, y ambas realidades son perfectamente compatibles.
Si algún parapentista sobrevuela puntualmente una vivienda más cerca de lo deseable, es un caso aislado que el propio colectivo debe corregir con formación, buen criterio y autorregulación. Del mismo modo, si algún propietario, en lugar de dialogar, se dedica a promover denuncias y tensar la convivencia, también es una excepción. Ninguno de los dos representa a la mayoría.
Por eso, lejos de prohibiciones y titulares incendiarios, creemos que el camino es la comunicación: que pilotos, clubes y vecinos se sienten a hablar, entiendan las necesidades del otro y acuerden normas sencillas para compartir el acantilado de forma amistosa. En Son Verí caben las piscinas, los paseantes, las gaviotas y los parapentes.














